El fallecimiento de Rodrigo Morinigo, un adolescente de 14 años de San Andrés de Giles, volvió a encender las alarmas sobre el hantavirus en la provincia de Buenos Aires.
El joven murió el 2 de enero en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Interzonal General de Agudos “San José” de Pergamino, tras varios días de síntomas que, según su familia, no fueron atendidos con la urgencia necesaria en el hospital municipal de su localidad.
De acuerdo con el último Boletín Epidemiológico Nacional, entre julio de 2025 y la primera semana de enero de 2026 se registraron 58 casos de hantavirosis y 20 muertes en el país, con una letalidad del 34,5%, la más alta en comparación con temporadas previas.
El informe advierte que el escenario está en umbral de brote, con especial impacto en la región Centro (Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos).
El relato de la familia
Rodrigo comenzó con fiebre el 25 de diciembre. El 29 fue llevado al hospital municipal, donde (según su padre, David) fue atendido “así no más” y enviado a su casa con ibuprofeno.
“No le hicieron placas ni análisis de sangre. Dijeron que era un cuadro viral”, recuerda.
El 31 de diciembre, con fiebre de 40° y un estado cada vez más grave, volvió al hospital.
Allí se le realizaron estudios y quedó en observación, pero el cuadro empeoró.
Fue trasladado a una sala común sin aire acondicionado, donde se desmayó mientras su madre intentaba refrescarlo con una ducha.
Recién entonces lo pasaron a terapia intensiva, cuando ya surgía la sospecha de hantavirus.
El 1° de enero fue derivado a Pergamino, donde llegó descompensado.
Horas después, su padre recibió un llamado para donar sangre, aunque en realidad era para despedirse: Rodrigo ya estaba entubado.
El diagnóstico se confirmó al día siguiente, pero era demasiado tarde.
La familia denuncia demoras, falta de estudios y decisiones médicas tardías que le quitaron tiempo vital. “Lo mandaron a casa con ibuprofeno.
No puede haber otro Rodrigo”, repite su padre, quien asegura que en Pergamino “hicieron hasta lo imposible” para salvarlo.
Tras la muerte, el municipio entregó a la familia un listado de instrucciones para limpiar la vivienda, pero no brindó asistencia concreta.
Vecinos colaboraron con desinfectantes y corte de pasto. La familia, por temor a los roedores, se mudó a la casa de un amigo.
La secretaria de Salud local, Yamila Maccari, defendió el accionar del hospital y sostuvo que el caso fue “muy solapado”.
Explicó que el hantavirus no suele sospecharse en las primeras 24 horas de fiebre y que el cuadro evolucionó rápidamente hacia un compromiso cardiopulmonar.

